Simona dijo que debía llevarle a Rohan a la tertulia del Bazar, y Pardies prometió ir con él al anochecer.

Efectivamente, después de cenar en la Veleta fueron los dos al Bazar de París. Rohan habló con una gran unción y con un acento francés muy puro. Cuando su amigo Pardies cometía alguna falta gramatical le corregía sonriendo.

—¡La gramática! ¡Bastante me importa a mí la gramática!—dijo Pardies.—Todo eso no es más que reaccionarismo. ¡Si viniera la nuestra! Lo primero que haría es pedir la cabeza de todos los gramáticos de Francia. Ya lo creo. ¡Pardies! No asustarse, señoras. Así me llamo.

—No le hagan ustedes caso—replicó riendo Rohan y dirigiéndose a Simona y a las señoritas de La Bastide.—Es un embustero.

—Yo, embustero. Y la cabeza de usted pediría también, señor Rohan.

—Me haría usted un favor—replicó Rohan—frotándose las manos con su aire meloso y llorón.—¡La vida! ¡Pse! Para mí no tiene valor. Tengo fe.

—¡Bah! ¡Bah! Usted es un impostor príncipe. Todos esos escapularios y medallitas los fabrica usted en su casa y ni han estado en Jerusalén ni mucho menos. La impostura le viene a usted de familia.

—¡Qué bárbaro!—exclamó Rohan sonriendo y corrigiendo con su sonrisa amable el dicterio.

—Sí, bárbaro porque uno dice la verdad. En cambio yo tengo sangre de jacobino ¡Pardies! Así me llamo. ¿Usted sabe cómo me confirmé yo, señor de Rohan?

—No, ¿cómo quiere usted que yo sepa eso, mi querido amigo?