—Pues cuando yo era chico mi padre era del Comité de Salvación Pública de Bayona nombrado por Monestier del Puy-de-Donce. Un día mi padre me dijo: Vamos a comer con el ciudadano Monestier. El ciudadano Monestier era un ci devant cura. Entramos en su casa y fuímos al comedor. En la mesa en vez de manteles había paños de los altares y las copas eran cálices.—¿Qué harías tú pequeño ciudadano—me preguntó Monestier—si yo te dijera que este vino es sangre de aristócratas? Lo bebería—contesté yo. ¡Ya lo creo! ¡Pardies!—no asustarse, señoritas. Es mi nombre.

—¡Qué farsante!—exclamó riendo Rohan.

La diosa Razón del Bazar de París sacó una tabaquera y ofreció un polvo de rapé al príncipe. Los dos se atiborraron las narices de tabaco y estornudaron con gran satisfacción. Simona, a quien no divertían las frases de Pardies tanto como a las señoritas de La Bastide, se puso a hablar con Rohan.

El príncipe era un hombre un tanto misterioso, creía o aparentaba creer en sortilegios, en hechicerías y en amuletos.

Simona era también supersticiosa y se dejó llevar por el camino a que le arrastraba Rohan.

—¿Podría usted averiguar mi sino?—le preguntó ella.

—Sí.

—¿Y decirme después qué tengo que hacer para corregirlo?

—También.

—¿Por las líneas de la mano?