—Sí, por las líneas de la mano.

—¿Ahora mismo?

—Será mejor mañana—contestó Rohan con su acento llorón—tengo que recogerme mucho, concentrar mi atención y convendría que estuviéramos solos.

—Bueno, venga usted mañana por la tarde a mi cuarto.

Al día siguiente el príncipe se presentó en la habitación de Simona con dos libros debajo del brazo. Uno era las "Disquisiciones de magia" del padre Martín del Río, y el otro el tratado de "Arte magnética" del padre Kircher.

El príncipe dejó los libros en un velador y se sentó frente a Simona con el sombrero de copa sobre las rodillas. Hablaron la aventurera y el príncipe largo rato, él siempre muy humilde, muy quejumbroso y con gran unción.

—¿Quiere usted que empecemos?—preguntó Simona.

—Lo que a usted le parezca.

Simona mostró su mano. El señor de Rohan sacó unas grandes antiparras, se las colocó gravemente, cogió la mano y la estudió con meticulosidad abriendo y cerrando los dedos.

—¿Qué le dice a usted mi mano?—preguntó Simona.