Simona, que era tan vengativa como envidiosa, había comenzado a odiar a una de las señoritas del Bazar y llegó a quitarle su amante Marcos, el gascón.
Marcos se dejaba querer por las dos mujeres; la Simona le daba dinero, y el mozo, en vez de trabajar, se pasaba el día en la taberna bebiendo y jugando.
Como la sed de venganza era en Simona inextinguible, pidió a Marcos que, como una prueba de cariño a ella, incendiase Chimista, la casa donde vivía Dolores Malpica. El fuego acabará con una de ellas le había dicho Rohan. Simona pintó a su amante una serie de ultrajes supuestos que le había inferido a ella la española.
Marcos sabía que el negocio era grave, pero dijo que lo estudiaría.
Había en la parte de atrás de Chimista dos almiares grandes de heno y otros dos de helecho. Un día de viento sur uno de los montones comenzó a arder con violencia; el fuego se comunicó a los otros tres y el viento llevó las llamas hacia la casa.
Afortunadamente, Fanchon y Praschcu se dieron cuenta del siniestro, llamaron a otros vecinos y entre todos a palos apagaron el fuego.
Se sospechó, sin pruebas, que había sido Marcos el gascón. Ichteben, el criado de Gastizar, le había visto pasar a Marcos por el puente hacia el pueblo dos horas antes del siniestro. Naturalmente, el autor material del crimen no podía ser él.
Marcos fué detenido, negó toda participación en el hecho y fué puesto en libertad. Marcos siguió llevando su vida de holgazanería y de crápula, sacando siempre dinero a la Simona cada vez en mayores cantidades.
En esto un día Mandharra, el chico del caserío de Gros Jean, el tramposo, vino con Praschcu, el marido de Fanchon, al pueblo y se dirigió al Juzgado.