El cielo de plomo se aclara a veces, toma otras un color de tinta, brilla el resplandor del sol en un monte y con tono claro y con tono oscuro llueve con idéntica furia.
En el salón de Gastizar, al anochecer, hay un aire de pesadez y de tristeza. Las dos señoritas de Belsunce se aburren más que nunca; la una lee, la otra hace una labor; madama de Aristy dice a las muchachas cada cuarto de hora:
—Id a la guardilla y ved si hay goteras.
Las muchachas suben, riendo, al desván. Las goteras cantan suavemente en los barreños como si fueran martillos que golpearan un tímpano. El desván de Gastizar muestra su armazón de vigas fuertes como el esqueleto de un animal gigantesco.
En el suelo de madera, carcomido y combado, se ven montones de maíz; calabazas largas, redondas, surcadas, rugosas, unas rosadas de un color de carne, otras verdes como la piel de un cocodrilo; ajos muy blancos, cebollas irisadas y montones de heno que exhalan un olor exquisito. Por la claraboya abierta entra el aire húmedo y templado de la tarde, y se ve cruzar la lluvia en líneas brillantes que parecen varillas de acero. El viento se divierte en jugar por entre los pilares de madera que sostienen el tejado, hace por los rincones hu... hu... como un buen gnomo que soplara en un caracol, y arrastra por el suelo briznas de hierba y de helecho seco.
En el salón, en la chimenea, al lado del fuego están Miguel Aristy, Darracq y el caballero de Larresore.
Aristy está melancólico y mira ensimismado las llamas. Larresore se exalta en frío contra un enemigo al que, desde hace algún tiempo, tiene como blanco de sus tiros: el Romanticismo.
Larresore se considera adversario personal de Hernani, de Víctor Hugo, queriendo convencerse de que este drama está muy mal, aunque se entusiasma con sus versos. Llama a los románticos Erostratos, iconoclastas, bárbaros enemigos de la tradición latina.
La señorita vieja de Belsunce, otras veces le lleva la corriente y habla con sorna de las mujeres pálidas, lánguidas y tristes.