Esta noche tradicional hay como un ambiente de frío y de tristeza en la casa. El señor de Aviraneta, que otras veces va de visita a Gastizar, hoy no ha aparecido. Se dice que el joven Lacy está tan grave, que no pasará del día.

El caballero de Larresore, a quien molesta este aire glacial, ha hecho esfuerzos inútiles para animar la conversación; ha hablado durante largo tiempo del camino de hierro entre Liverpool y Manchester, de la inauguración de esta vía y del accidente ocurrido al duque de Wellington.

En vista de que el asunto no templa los ánimos, se ha decidido a bromear sobre los sansimonianos. Tampoco ha tenido éxito.

La criada anuncia que la cena está en la mesa, y van todos al comedor.

Madama de Aristy pálida, se acuerda de su hijo León y no prueba bocado. Miguel está ensimismado y triste, las señoritas de Belsunce de mal humor, Darracq indiferente. Larresore hace esfuerzos para conservar su indiferencia jovial.

Después de cenar, Larresore y Miguel se sientan cerca de la lumbre. Se oye el agua que golpea en los cristales y que entra por la chimenea a caer chirriando en las brasas.

Y luego a lo lejos, en el campo, se escuchan voces roncas que cantan un villancico.

—¿Usted no se pregunta a veces—dice Miguel a Larresore—si la vida no será una estupidez?

El caballero se queda mirando al fuego, y murmura:

—¿Y para qué hacerse esa pregunta?