El acordeonista fué trenzando y destrenzando sus melodías banales y extrayéndolas del pulmón de su instrumento.
Las dos chalantas comenzaron a deslizarse despacio por el río claro.
La tarde era espléndida, de una tranquilidad admirable; el cielo, azul puro y tranquilo.
Margarita y Sampau hablaban, ella llevaba una rama por la superficie del agua; Alicia y el vizconde de Florac, Fernanda Luxe y el joven Larralde parecían dispuestos a cantar el eterno dúo de amor, tan viejo siempre y siempre tan nuevo. Dolores cuidaba de sus hijos.
—¿Y tú?—preguntó Larresore a Miguel—¿No te sientes tentado a imitar a esos enamorados?
—Ya no me quieren—contestó Miguel, y recitó estos versos de Voltaire a madama du Chatelet:
Si vous voulez que j'aime encore
Rendez-mois l'age des amours;
Au crépuscule de mes jours
Rejoignez, s'il se peut, l'aurore