EPÍLOGO

Un día de primavera en que estaban en el manzanal de Gastizar madama Aristy, las señoritas de Belsunce, madama Luxe, Larresore y Darracq, Miguel dijo:

—La verdad es que falta algo a nuestra torre de Gastizar sin la veleta. Yo siento la nostalgia de verla. Si pusiéramos de nuevo el dragón ¿qué les parecería a ustedes?

—¿Al dragón?—dijo con asombro la señorita de Belsunce.

—¡Poner la veleta!—exclamó madama Aristy casi colérica.—¡Qué disparate! ¡Jamás!

—¡Ah! ¿pero tú crees...?

—Yo no creo nada; pero lo que te digo es que no se pone la veleta.

Todos afirmaron que era una imprudencia, una provocación instalar la veleta, y madama de Aristy llegó a asegurar que si se hablaba más de esto cogería el artefacto de hierro y lo echaría al río.

La gente del pueblo estuvo también de acuerdo. Era una imprudencia el poner el malvado y nefasto dragón en la torre.

Aquel viejo basilisco de la veleta de Gastizar les parecía a todos un auxiliar del destino adverso, una de aquellas esfinges de una fauna desaparecida que no anunciaban más que calamidades.