Gurrea había recorrido el Alto Aragón con el nombre de Antonio Gabara, y había hablado a sus amigos. Después se estableció en Bagneres de Luchon, donde se le fueron reuniendo sus partidarios. Se decía que uno de los que le seguirían sería el antiguo cabecilla absolutista Seperes, alias Caragol.
A pesar de que los entusiastas e impacientes no hablaban más que de éxitos y aseguraban que presentarse en la frontera y marchar triunfantes y sin obstáculo a Madrid sería todo uno, no se advertían más que dificultades y síntomas de discordia y de descomposición.
Cada grupo llevaba una política contraria.
La Junta masónica de Bayona hablaba en sus comunicaciones solapadamente contra Mina; los carbonarios hacían la guerra a los masones y mandaban proclamas confusas precedidas de estas iniciales:
U y L.
que quería decir Unión y Libertad, y terminaban con este grito:
¡Vivan los h. de S. T.!
lo que para los iniciados significaba: ¡Vivan los hijos de San Teobaldo!
Los partidarios de Valdés afirmaban en todas partes que Mina era un traidor vendido a Calomarde; los de Méndez Vigo decían que Valdés era tan reaccionario y tan pastelero como Mina.
La discusión iba en aumento; los ministas los valdesistas, los gurreistas, los masones, los comuneros, los carbonarios, los franceses, los italianos y los polacos no hacían más que intrigar y echarse en cara unos a otros la culpa de lo que ocurría.