En primeros de Octubre, Valdés, Chapalangarra y Méndez Vigo volvieron a reñir con Mina y dijeron que desconfiaban de sus dilaciones.
El Gobierno de Calomarde mientras tanto estaba sobre aviso. No se permitía la entrada en España de ningún papel de carácter liberal. Se había establecido en la frontera una policía militar y el espionaje era perfecto. Se supo que entraron en España varios números del Representante del Pueblo, que se publicaba en Londres en francés, y del Precursor, que se imprimía en castellano en París, y se llegaron a coger, número por número, todos. Cierto que se abría la correspondencia con una perfecta impunidad.
Las precauciones del Gobierno eran tales y su presteza y actividad tan extremadas, que hacían imposible que una acción tan desperdigada, tan anárquica y tan mal dirigida como la de los emigrados pudiera tener éxito.
VI.
LAS IDEAS DE TILLY
Al día siguiente de enviar la carta a Santoña con el patrón del quechemarin se presentó Jorge Tilly en la fonda de Iturri.
Venía de San Sebastián, en compañía de un joven inglés alto, moreno, de cabeza pequeña y enérgica. Habían estado los dos en Madrid, en Sevilla y en Barcelona. Tilly traía mucho que contar; había tenido una serie de aventuras y de amores muy extraños.
Lacy presentó su amigo Tilly a Aviraneta, quien le hizo una porción de preguntas relativas a la situación política; todo parecía confirmar que el Gobierno español estaba admirablemente preparado.
—¿Enseñaste mi carta?—dijo Tilly a Lacy.
—Sí.