—Todos, no.

—Yo sí. Yo me siento el eje del universo. Respecto a la mentira, muchas veces cuando necesito un dato para completar un plan lo invento.

—Eso es absurdo.

—El señor Tilly nos va a dejar muy atrás a los discípulos de Maquiavelo—dijo Aviraneta con ironía;—le tendremos que decir como Talleyrand a Fouché, cuando éste hizo una de sus hábiles maniobras ante Luis XVIII: Je vous salue mon mâitre.

—Usted, señor Aviraneta, nunca será discípulo mío, sino mi maestro—replicó Tilly con su impasibilidad habitual.—Si entre los liberales españoles hubiera muchos hombres como usted, de otro modo irían los asuntos.

—¿Así que para ti los liberales españoles lo hacen mal?—preguntó Lacy.

—Muy mal.

—¿Por qué?

—No obran con rapidez y con energía. Su historia es una historia de vacilaciones. Cuando tuvieron al rey en sus manos, en 1823, debieron haber acabado con él.

—Hubiera quedado el hermano.