—Yo no lo creo así. De conocer, conozcamos la vida actual. Aprendamos un poco lo que es en una historia no falsificada y que puede comprobarse.

—Creo que en esos libros que has leído no se aprende más que a mentir.

—El que lucha para elevarse tiene que mentir—replicó Tilly,—por mucha suerte y por muy bien que le vayan las cosas tendrá que mentir. Ahí está el caso de Napoleón.

—¡Tipo repugnante este Napoleón!—exclamó Lacy.—Yo antes tenía entusiasmo por él. Ahora que conozco su historia, no. Es de una falta de nobleza y de simpatía, de un egoísmo tan bajo que repugna. Su epopeya es en gran parte una novela, una historia falsa amañada, ¡Avanza de una manera tan vil! Se casa con una vieja intrigante que es la querida de su protector Barras y que ha sido una cortesana, y va avanzando con ella hasta que le da un puntapié. Las alocuciones no las escribe él, las batallas no las gana siempre él, pero él se aprovecha siempre de todo.

—Esa es la política—dijo Tilly.

—Yo veo en Napoleón la falta absoluta de gracia y de humanidad—siguió diciendo Lacy.—Carlos V, el gran Federico, Gustavo Adolfo, tienen gracia, son a veces humanos; Napoleón es la quintaesencia de la bestialidad y del egoísmo. Si yo hubiera nacido en su tiempo y hubiera sido francés, hubiera sido partidario de Babeuf.

—Yo también—dijo Aviraneta;—pero eso no importa. Yo estoy conforme con usted en que Napoleón no era simpático; pero aun así era una fuerza, y ¡qué fuerza!

—Una fuerza de egoísmo.

—Todos obramos por egoísmo—afirmó Tilly—y todos empleamos la mentira.