—¿Sigue tan voluntariosa como antes?

—Igual; no ha variado nada.

A Tilly no le gustaba mucho hablar de la familia, y siguió exponiendo sus ideas. Era un producto de corrupción, de inmoralidad, y veía todo lo que fuera intriga con gran simpatía.

Aviraneta, a quien chocaba las ideas del joven, le preguntó:

—¿Dónde ha estudiado usted?

—En un colegio de frailes, en Rennes, donde, la verdad, creo que no aprendí nada de provecho. Lacy fué mi condiscípulo.

—Entonces era un tanto místico—dijo Lacy riendo.

—Luego he ido aprendiendo un poco—añadió Lacy—a fuerza de curiosidad y de algún ingenio. He leído en historias y en memorias la vida de Napoleón, de Fouché y de Talleyrand.

—¡Buena enseñanza!—exclamó Lacy.—Creo que hubiera sido mejor que hubieses leído Las Vidas Paralelas de Plutarco.