—¿No lo sabe usted?
—No; somos tantos los Tillys, que no hay manera de saberlo. Los hay franceses, los hay alemanes, los hay españoles...; unos son liberales, otros reaccionarios.
—El que yo conocía creo que era conde.
—Quizás; había un conde, tío de mi padre. No sé más. Como le digo a usted, no conozco la historia de estos Tillys. Respecto a mí, sólo sé que mi padre desapareció de casa hace años y que probablemente murió; mis hermanos están ahora con unos tíos, excepto una hermana que se encuentra en San Sebastián.
—¿Y tú pensarás sacar adelante a tu familia?—dijo Lacy.
—Yo pienso ver cómo salgo adelante yo. Cada cual que se las arregle como pueda.
Lacy no veía con agrado tan tranquilo egoísmo y afeó este sentimiento de su camarada; pero Tilly se rió; él creía que el ser egoísta era una condición necesaria para la vida.
—¿Y tu hermana?—le preguntó Lacy.
—Está en San Sebastián con unas señoras amigas, pero no quiere quedarse con ellas; me ha dicho que el mejor día se escapará.