—No creo en tal arte. Me parece una mixtificación de los militares. Yo no he visto en la guerra más que desorden, brutalidad y estupidez. Casualidad, casualidad y casualidad.
—Pero hay una ciencia por encima de la casualidad y de la barbarie—exclamó Lacy.
—Yo lo dudo mucho. Todo esto que hacen los militares no se diferencia gran cosa de las pedreas de chicos.
—No, don Eugenio, no.
—Yo creo que sí. Nunca verá usted que un patán pueda sustituir a un mecánico o a un matemático; en cambio, a un general lo sustituye un cura, un campesino, cualquiera, y lo hace tan bien como él y a veces mejor. Parece que cuando se ponen frente a frente dos bandos tiene que haber un vencedor y un vencido. ¿Pero lo hay siempre? ¿Y cuando lo hay depende de la ciencia? Esto es muy dudoso. No creo que se pueda hacer mucho caso de las afirmaciones de estos pedantes de uniforme, porque en ellos la petulancia es moneda corriente. En fin, querido Lacy, si usted toma parte en la intentona lo verá.
—¿Así que usted está decidido a no ir?
—Completamente decidido.
—¿Y qué va usted a hacer?
—Me quedaré aquí, o quizás vaya a Ustariz con Tilly. Aquí, en Bayona, parece que va a haber una vigilancia molesta.