Al día siguiente, a la hora del almuerzo, se reunieron en la fonda de Iturri, Campillo, Lacy, Ochoa y Aviraneta.

—No le parece usted, don Eugenio—preguntó Lacy,—que sería conveniente que todos siguiéramos el mismo camino y marcháramos con el mismo jefe. Nosotros vamos con Valdés.

—Yo estoy comprometido con él hace tiempo—dijo Campillo.

—Yo no pienso ir con nadie—repuso Aviraneta.—No quiero ir dirigido por imbéciles.

—¡Pero don Eugenio!

—No, no. Ir con gente así, que no tiene medios, ni un golpe de vista genial para marchar al fin, es ir a un fracaso, y a un fracaso ridículo. No, no, no voy. Sé cómo son estos militares españoles, de una inutilidad, de una suficiencia y de una majadería imponderables. Cuando hayan conducido la empresa al desastre se refugiarán en las chinchorrerías, en los detalles... No, no.

Campillo se encogió de hombros y no dijo nada. Lacy quiso convencer a Aviraneta.

—¿Pero de verdad no va usted a ir, don Eugenio?—le preguntó.

—De verdad. Conozco la guerra. Es la cosa más estúpida, más desordenada y sin objeto que pueda hacerse. Todo lo que no se realice en política por la inteligencia y por el cálculo, es perfectamente inútil. ¡La guerra! Unos hombres que van, otros que vienen, la mayoría sin saber porqué; aquí que se corre, allí que se persigue, en este otro lado que se fusila... plan, ninguno...; la casualidad...; no, no; me parece demasiado imbécil.

—¿Pero va usted a negar hasta la táctica, el arte?