—¿Y no han dicho más?—preguntó Ochoa con sorna.
—Algunos han asegurado que hay agentes de Calomarde que quieren desviar el movimiento.
—Puesto que los liberales españoles son tan bestias—murmuró Aviraneta con ironía,—¡qué le vamos a hacer!
—Respecto a usted, amigo Aviraneta—siguió diciendo Aguado,—se afirma que quiere usted recoger el fruto sin haber trabajado como los demás.
—¡Qué asco de gente!
—Al salir de la reunión—terminó diciendo el auditor—he visto a Jáuregui, que me ha indicado que le diga a usted, Aviraneta, que hay siempre un puesto para usted en la Compañía Sagrada que ha formado con antiguos oficiales.
—Bueno. Dele usted las gracias si le ve.
Se marchó Aguado y después Campillo; Lacy y Ochoa se fueron a su cuarto.