Entraron en la oficina, que era un cuarto donde escribían dos empleados. Se veía en ella una caja de caudales grande, empotrada en la pared y una porción de legajos y de papeles.

Aguado dijo lo que quería y el empleado llamó en una puerta, que se abrió chirriando y se volvió a cerrar.

El banquero era un hombre pálido de perfil judío, muy fino, muy atento.

Escuchó sonriendo lo que le decían, y dijo que hablaría a Mendizábal y que intentaría influir y hacer todo lo que estuviera de su parte.

Al salir a la calle Aviraneta y Aguado oyeron risas en un balcón, volvieron la cabeza y vieron dos muchachas de perfil aguileño y de ojos negros, las dos muy bonitas, las hijas del banquero.

Salieron de casa de Silva. Aguado se quedó en Saint Esprit, y dijo que por la noche al terminar la reunión de los caudillos en casa de Mina iría a decirles el resultado a la fonda de Iturri...

Después de cenar se reunieron en el cuarto de Aviraneta, Lacy, Ochoa y Campillo. La impaciencia hizo a Lacy abrir la ventana, y para que no se viese la luz en la calle se apagó el quinqué. A las once de la noche llegó Aguado. Ochoa fué a abrirle la puerta; Lacy cerró la ventana y encendió la luz.

—¿Qué hay?—preguntaron con ansiedad al auditor.

—El proyecto está rechazado. Los demás jefes, a quien ha expuesto Mina los propósitos de ustedes, han dicho que son inútiles. Están tan obcecados, que creen que les ha de bastar presentarse en la frontera para que toda España se les una.

—¡Qué idiotismo! Qué imbecilidad!—exclamó Aviraneta.—¡Y tener que formar partido con esta gente! Es triste.