Campillo quedó un poco extrañado de que en su país como en el resto de España no hubiese más prestigio entre los liberales que el de Mina. Se decidió leer la carta al auditor Aguado, y Lacy, Campillo y Aviraneta salieron de Bidegañeche y volvieron hacia Bayona a buscar al auditor en su casa de Saint Esprit.
Aviraneta subió al piso, y dijo al auditor que sería conveniente marchase a ver al general y le preguntase cuándo podían leerle una carta importante.
Aguado tomó un coche de los que llamaban citadinas, invitó a subir a Campillo, a Lacy y a Aviraneta, y fueron los cuatro a casa del general. Este se hallaba en la cama.
Doña Juanita, la señora del guerrillero, pasó a los visitantes a la alcoba.
Mina estaba macilento, demacrado; tenía un montón de papeles sobre la cama. Oyó leer la carta del hermano de Campillo con atención; estuvo largo rato pensativo, y dijo:
—Voy a reunir a los jefes y a Mendizábal y a exponerles el asunto. Quisiera que comprendieran su importancia... Usted, Aguado, podría ir a visitar mientras tanto al banquero Silva y explicarle el caso.
—Bien. Iremos Aviraneta y yo.
—Para la noche tendrán ustedes la contestación.
Fueron Aviraneta y Aguado a la casa de Silva, un banquero judío de Saint Esprit.
La casa era una casa pequeña y estaba en una callejuela oscura y triste. Tenía un escaparate reforzado por dentro con una alambrera.