Aviraneta dejó la casa del general y se reunió con Lacy y con Ochoa, a quienes contó su entrevista.

Dos días después, por la mañana muy temprano se presentó Campillo en la fonda de Iturri.

—Coja usted el frasquito del reactivo—le dijo a Aviraneta;—creo que hay carta. Vamos a dar un paseo.

Campillo, Aviraneta y Lacy se dirigieron a Saint Pierre de Irube y se metieron en una venta muy solitaria que se llamaba Bidegañeche (la casa en lo alto del camino). Pidieron a la dueña de la venta un cuartito y que les diera de almorzar. La dueña los subió al primer piso de la casa, que tenía una gran ventana al campo. Cerraron la puerta, y Campillo dijo que el patrón del quechemarin de Santoña había traído un pliego en blanco, doblado, como si fuera papel para hacer cigarrillos y que suponía estuviera escrito con tinta simpática.

Sacó don Eugenio la botellita del reactivo, desdobló el pliego y lo untó con un pincel por sus cuatro caras. Campillo y Lacy miraban con atención por si aparecían las letras. Al secarse el papel se destacaron claramente.

La carta era del hermano de López Campillo; decía que después de haberse enterado de las instrucciones, había comenzado sus trabajos y comunicado sus planes a un comerciante amigo suyo, quien le dijo que hablaría a los militares y le daría una respuesta en el plazo de tres días.

Al cabo de este tiempo el amigo le había dicho que después de hablar con varias personas, entre ellas con el comandante de artillería de la plaza y con algunos oficiales de la misma Arma, estaba convencido de que todos se hallaban dispuestos a entrar en el movimiento siempre que se contase con los jefes que ocupaban altos cargos. Estos eran el gobernador de la plaza, brigadier Fleires; el teniente del rey, coronel D. Diego Rodríguez, y el sargento, capitán don Juan Bautista Viola. Respecto al gobernador militar de la provincia, D. Vicente González Moreno, se le tenía por realista acérrimo y afiliado al Ángel Exterminador.

Los oficiales subalternos estaban dispuestos a tomar parte en el alzamiento con ciertas condiciones. Estas eran: primera, que Mina asumiese la responsabilidad de lo que se hiciera; segunda, que el mismo general respondiera de que en el interior de la nación secundarían el pronunciamiento, y tercera, que se les enviara fondos para ganar a los sargentos y a los soldados.