I.
DON EUGENIO
Un día, al anochecer, apareció en la fonda de Iturri un hombre que llamó la atención de Lacy y de Ochoa. Era un tipo seco, amojamado, con la cara y las manos curtidas por el sol. Tenía el aire de cansancio de los que vienen de países tropicales.
Vestía redingot negro, pantalón con trabillas, sombrero de copa de alas grandes y corbata de varias vueltas.
—¿Quién es este hombre?—preguntaron Lacy y Ochoa a Iturri.
—Es un vascongado que viene de la Habana. Ahí está su nombre.
Los dos jóvenes leyeron el nombre: Eugenio de Aviraneta.
—¿Es de los nuestros?—preguntó Ochoa.
—Yo le he conocido aquí en 1824—dijo Iturri—creo que es liberal.
El recién llegado escribió unas cuantas cartas y se metió en la cama.