—¿Pregunta por mí?—dijo Aviraneta.

—Sí.

—Que pase.

El posadero debió quedar asombrado de la serenidad de Aviraneta. Abrió la puerta y se presentó el viejo muscadin elegante y currutaco.

—¿El señor de Aviraneta?—preguntó sonriendo.

—Soy yo. Pase usted y siéntese usted.

Choribide entró, se sentó en el borde de la silla, puso el sombrero metido en el bastón y el bastón entre las piernas.

—Yo, señor—dijo,—me llamo Choribide, Gastón de Choribide. Soy vasco, como usted. He llevado en mi juventud una vida un tanto irregular. Yo no sé si usted tendrá ideas religiosas...

—Creo que no—repuso Aviraneta.

—Es usted de mi escuela. Si yo tuviera ideas religiosas diría que he sido un gran pecador. No teniéndolas, suelo decir que he sido un hombre crapuloso y de vida poco honorable.