—¿No será usted un tanto severo consigo mismo, señor Choribide?—preguntó Aviraneta.

—No, no. Muchas gracias por su opinión. Me hago justicia. Verá usted... Yo vivo bien dentro de mi modestia. No trabajo; no he trabajado nunca.

—Se aburrirá usted.

—No, no me aburro. Yo tengo un sobrino ex oficial de la Guardia Real, Aquiles Rontignon. Rontignon tiene condiciones para agradar a una mujer; es guapo y es tonto.

—¿Usted cree que la tontería...?

—Es indispensable. Yo había pensado casar a Rontignon con una viuda rica de aquí, madama Luxe. Como un teniente retirado no es bastante para producir entusiasmos en una mujer rica por sólo su posición, yo había pensado adornar el pecho de Rontignon con una gran cruz o buscarle un empleo. Aprovechando la estancia aquí de una señora española, la condesa de Vejer...

—Que no es española ni condesa... saltó Aviraneta.

—Cierto; pero hay que darla un nombre para señalarla.

—En Madrid se llamaba madama Carolina.