—Bien; me es igual; aprovechando la estancia aquí de madama Carolina, me acerqué a ella y le dije que puesto que ella trabajaba para el Gobierno español, yo le ayudaría a cambio de que ella concediera a mi sobrino un empleo, un cargo honorífico...
—¿Y ha trabajado usted para ella?
—Sí, habíamos hecho un legajo con todos los datos necesarios para remitirlo a Madrid, cuando las cosas se han torcido. Primeramente Rontignon no ha sabido aprovechar su tontería ni tampoco su arrogancia de hombre guapo, y madama Luxe lo ha rechazado; después Tilly, ese muchacho amigo de usted, un muchacho encantador, se apoderó del legajo formado por nosotros, y por último, la sobrina de madama Carolina...
—Que no es su sobrina...
—Cierto. Simona Busquet ha intervenido en esta cuestión, y con sus odios y su genio vengativo ha hecho que roben al nieto de madama de Aristy. Esta barbaridad ahora me la atribuyen a mí, y me molesta. Ese no es mi género. No me ha gustado nunca el melodrama. La alta comedia, quizás; el melodrama, nunca. Por estas razones voy a dejar la partida.
—¿Va usted a dejarla?
—Sí.
—Yo no puedo vivir aquí ya. El pobre Garat no se encuentra en estado de recibir a los amigos. Madama Aristy está indignada, porque cree que yo he indicado que roben a su nieto, cosa absurda. Voy a ir a Bayona, pero antes le voy a pedir a usted un favor.