—Usted dirá.
—Yo he venido a verle a usted, porque he comprendido que es usted un hombre fuerte. Me ha recordado usted a su excelencia el duque de Otranto.
Aviraneta sintió un movimiento de alegría.
—¿Ha conocido usted a Fouché?—preguntó.
—Sí; he estado a su servicio. Tiene usted el mismo aire de penetración que él. Ahora, que quizás usted no pueda poner sus facultades al servicio del Estado. Hay países que desperdician su gente.
Choribide había dado dos golpes buenos en la coraza de indiferencia de Aviraneta, uno comparándole con Fouché, el otro suponiendo que no se le comprendía.
—¿Y qué servicio quería usted de mi, señor Choribide?—preguntó.
—Le diré a usted. Actualmente mi sobrino Rontignon sencillamente me estorba. Si lo hubiera casado con madama Luxe, yo hubiera sido su administrador; pero no ha sido bastante hábil para enamorar a la viuda. Ahora quiero desprenderme de él, y como ha aparecido como un realista que ha mandado informes al Gobierno español por intermedio de esas damas del Chalet de las Hiedras, he pensado hacer valer esos servicios y su calidad de ex teniente de la Guardia Real para pedir para él un destino en España. ¿Usted, que seguramente sabrá cómo se hace esto, no podría escribirme una solicitud en español?
—Sí; lo haré.
—¿Ahora mismo?