La comida hubiera sido alegre si no hubiera sido por la actitud de Rosa, que me entristecía; no comía, no escuchaba, se la veía viviendo su sueño interior.

—¡Mientrastanto el bárbaro de Mendi estará tan tranquilo!—pensaba yo.

Bebí un poco de vino de Chipre para alegrarme; se animaron los convidados y brindaron por mi salud y por mi viaje. El oficial francés contó cómo le devolví la paliza al cabo Yussuf delante de la columna de Pompeyo, lo que se celebró muchísimo.

Concluímos de tomar café. Eran las siete de la tarde. Me levanté y abracé a mi patrona y di la mano a Margarita y a Rosa.

—Adiós—me dijo ésta—, si le escribe usted...—y antes de concluír su frase se echó a llorar.

Bajamos al portal. Un criado de Chiaramonte cogió mi equipaje, y otro un gran farol para alumbrarnos, porque la noche estaba obscura.

En aquel momento se oyó el cañón que anunciaba la retreta.

Echamos a andar todos juntos hacia el muelle. Le dije al doctor Efren que le escribiría y que hiciera el favor de contestarme. Al llegar a la goleta abracé a todos y subí a bordo.

—Adiós. Adiós.

—¡Addio! ¡Adddio!