—Esta pobre muchacha enamorada de ese bárbaro. Es una pena—decía yo.

Yo la consolaba diciéndola mentiras, afirmando que Mendi me había dicho que no quería pasar un mes en el Cairo sin volver a Alejandría a casarse. Como yo le conocía más a Mendi que los otros, Rosa quería estar siempre hablando de él conmigo.

VIII.
DESPEDIDA

Una mañana se presentó el doctor Efren a decirme que la goleta Chipriota acababa de llegar; había salido un día antes de lo convenido de Gibraltar y había tenido vientos favorables y se había adelantado.

Fuimos el doctor y yo al puerto nuevo, entramos en la goleta y hablamos con el capitán Spiro Sarompas, que era un muchacho de Chipre, muy abierto y que hablaba perfectamente el francés. Me enseñó la única cámara que tenía a popa, que era la que me destinaba a mí. Me dijo el capitán Spiro que el cónsul inglés le había recomendado mi persona. Añadió que fuera al barco después de cenar, porque a la media noche nos haríamos a la vela.

Salimos de la Chipriota y volvimos a casa. Estaba el puerto lleno con embarcaciones de Marsella, Liorna, Ragusa, Nápoles, Smyrna y Constantinopla.

—Irá usted muy bien—me dijo el doctor—. Este muchacho es muy inteligente y muy buen marino.

—¿Ha ajustado usted el pasaje?

—Sí, ya está pagado. No se ocupe usted de eso.

A la mañana siguiente, la Cayetana me dijo que tendríamos un banquete de despedida; que había invitado al doctor Efren y a su señora, a Isaac Bonaffús y a su hijo, y que vendría, además, el oficial francés y el sargento que me habían salvado de los soldados árabes cerca de la columna de Pompeyo, y el sakolagassi que fué conmigo en la cabalgata.