Añadía que estaba concluyendo de arreglar la casa y que le enviara su piano en una barca por el canal y el Nilo.
Le dije a Rosa lo que pasaba. La muchacha estaba muy melancólica. Aquellas amistades con príncipes, de que hablaba Mendi, no la hacían mucha gracia.
Cuando vinieron a llevarse el piano se echó a llorar.
Le dije que debía estar contenta, porque ya pronto Mendi vendría por ella; pero la muchacha tenía el presentimiento de que no iba a ser así.
Fuí a verle a Bonaffús, a decirle que necesitaba el dinero, y me dijo que me lo entregaría en seguida, en oro.
De allí marché al consulado inglés. El cónsul sabía lo que me había pasado en la columna de Pompeyo, y me felicitó por mi decisión. Me preguntó qué iba a hacer; le hablé de mi proyecto de ir a Grecia y me dijo que me daría una carta de recomendación para lord Byron.
Del consulado marché a despedirme del coronel francés Frossard, con quien estaba resentido, porque creía que no había tomado con interés mi asunto.
El coronel estuvo conmigo muy afable, y al despedirse de mí me dió una bolsa que contenía cinco mil francos, que me regalaban los hermanos de la logia de Alejandría. Yo me opuse con todas mis fuerzas a tomar el regalo, pero no tuve más remedio que aceptar.
Al día siguiente el cónsul inglés me envió la carta para lord Byron, y me avisó que había tomado pasaje para mí en una goleta griega, y me envió un pasaporte inglés hasta Marsella, como súbdito de la Gran Bretaña.
Mientras venía la goleta griega pasé unos malos días en casa del patrón. Me entristecía ver a Rosa siempre pálida, ensimismada, llorando a hurtadillas.