Cuando salí de casa, una de las primeras visitas que hice fué a Bonaffús. Me dijo éste que había sabido lo que me había ocurrido en la columna de Pompeyo con los soldados árabes, y que anduviera con cuidado; al cabo Yusuf se le conocía por el de la paliza, y le debía ser la vida muy difícil entre los soldados, después de haber sido azotado por un paisano. Dada la manera de ser de aquella gente, no descansaría hasta vengarse de mí.

Decidí no salir solo de noche y andar siempre armado. Una vez le vi al cabo Yusuf, que me siguió hasta casa de lejos.

Le dije lo que me pasaba a Chiaramonte, y éste creyó que debía avisar a la policía. Yo le indiqué que no, que me parecía mejor que durante unas cuantas noches tuviese alguno de sus mozos de cuadra en guardia.

No confié tampoco gran cosa en esto. La calle era silenciosa y desierta. Un guardián solo no podía impedir que un hombre decidido entrara de noche y saltara las tapias del corral.

Estudié las condiciones de mi habitación. La puerta era fuerte, tenía una llave que no cerraba bien, y yo, con pretexto de que se me abría de noche y había corrientes de aire, le puse un pestillo sólido.

Mi cuarto tenía dos ventanas a bastante altura del suelo. Si se cerraban las dos de noche hacía mucho calor. Decidí, al acostarme, dejar una cerrada con la contraventana y la otra con la celosía. Ponía la celosía bien sujeta, y después le ataba, por las noches, tres o cuatro cascabeles de caballo, de estos que suenan mucho. Me acostaba, con la pistola cargada, debajo de la almohada.

Una noche muy obscura, me desperté a la hora antes del alba. Estaba pensando en mis cosas, cuando oí que se agitaba la celosía y empezaban a sonar los cascabeles.

Inmediatamente salté de la cama, amartillé la pistola y abrí la puerta de mi cuarto.

Esperé sin hacer el menor movimiento, y, de pronto, la celosía se movió y los cascabeles armaron un terrible estrépito.

Encendí una pajuela, y, con ella en la mano izquierda y la pistola en la derecha, avancé hacia la ventana. Abrí la celosía. Vi un momento la cara horrible de Yusuf con un cuchillo en la boca, un momento nada más, porque el hombre sin duda, lleno de terror ante mi presencia, se dejó caer a la calle, y lo recogieron poco después con un tobillo dislocado, y lo llevaron a la cárcel. Dos o tres días después de este acontecimiento recibí una carta de Mendi. Me decía que había sido muy bien recibido en El Cairo, que era un pueblo mucho más agradable que Alejandría, con más elementos, y que fuera allí. Le habían presentado al virrey Mehemet Ali, que, según él, era un señor amable, pequeño, picado de viruelas, con los ojos vivos; a su hijo, el célebre guerrero Ibrahim pachá, y a toda la familia real. Ibrahim pachá, que era un buen muchacho, gordo y pesado, un arlote, según Mendi le había hecho la gracia de dispararle dos tiros por encima de la cabeza, en el jardín del Palacio, y Mendi había contestado a esta atención rompiéndole de un tiro la pipa que fumaba el príncipe. Desde entonces, Ibrahim y él se habían hecho amigos. Me decía que fuera, que simpatizaría con Ibrahim pachá y que me harían coronel en seguida.