Me dió el látigo, me acerqué al cabo y, sacando fuerzas de flaqueza, le di poco más o menos tantos golpes como me había dado él. El hombre aúllaba; era un tipo horrible, con unos ojos legañosos, unas barbas negras, y unos dientes de fiera; después le escupí en la cara, como me había escupido él; me monté en un caballo que me prestó el oficial, y llegué a casa sin poder tenerme.
Le conté a Chiaramonte lo que había ocurrido, y al terminar me dijo:
—Ha hecho usted muy bien. Si no llega usted a contestar a la paliza así, se hubieran reído de usted hasta los chicos. Ahora voy a buscar al médico.
Vino el doctor Efren, me reconoció, me sangró y me dijo:
—Dentro de un par de días ya está usted bien.
Aquella noche la pasé con calentura; pero las siguientes ya empecé a estar mejor. Rosa y Margarita me cuidaron como si fuera un hermano suyo, y el doctor Efren venía a hablar conmigo. Me hablaba de la historia científica de Alejandría, y de las lecciones de Euclides, Eratóstenes, Hipparco, etc.
Otras veces charlábamos de la política de Europa. Me preguntó qué iba a hacer, y le dije que ya, en cuanto me pusiera completamente bueno, me marcharía. Me volvió a preguntar que adónde, y yo le dije que me gustaría ir a Grecia.
Entonces el doctor Efren me dijo que él formaba parte del Comité filoheleno de Alejandría; que estaba encargado de reclutar soldados en el país, Esmirna, Alepo, etc., y que habían enviado también oficiales a Grecia, de los que llegaban de Francia y de Italia, en místicos griegos con bandera inglesa. El doctor Efren me dijo que si yo quería escribiría al Comité de Misolonghi, advirtiéndome que la contestación de la carta tardaría mucho.
Vacilé, porque en Gibraltar me habían hablado muy mal de los griegos, pintándomelos como la gente más vil y de menos fe que podía haber en Oriente, y decidí, para no dar otro paso en falso, marchar a Grecia y ver por mí mismo qué clase de gente era la de aquel país y cómo estaban organizadas las tropas. El doctor aprobó mi resolución, y me dijo que me daría una carta para el Comité de Misolonghi que me recomendara y no me comprometiese a nada.
Le pregunté si había barcos para Grecia, y me dijo que sí; que con mucha frecuencia partían místicos y otras pequeñas embarcaciones con bandera inglesa.