El doctor Efren me había explicado las diversas suposiciones que se habían hecho acerca del objeto de esta columna, cómo muchos suponían que estaba construída para hacer observaciones astronómicas, y cómo otros creían que había sido pensada para colocarla en el gran recinto cuadrado del Serapeum con una estatua de Diocleciano.

El criado que me acompañaba me dijo que algunas veces las tripulaciones de los barcos ingleses que estaban en el puerto consiguieron poner una especie de escala de cuerda en la columna. Se las arreglaban, según decía, pasando un cordel por encima, con una cometa, e izando luego una cuerda gruesa con el cordel y poniéndola arriba, de manera que pudiese correr. En el extremo ataban una tabla, y al que quería lo subían. Solían tener la cuerda tres o cuatro días y a todo el que quería subir le hacían pagar un tanto. La cosa me parecía un poco difícil, porque, según se decía en Alejandría, la columna tiene cerca de noventa y seis pies de alto.

Cuando llegamos nosotros no había nadie. Aquella inmensa mole de piedra en la soledad infundía verdaderamente respeto.

Me había apeado, para ver si divisaba la inscripción sobre Diocleciano, en letras griegas, que tiene la columna, y después avancé por aquel arenal.

La vegetación era miserable. Algunos perros famélicos o chacales corrían husmeando y revolviendo los esqueletos de los caballos y de los dromedarios. Me recordó los arenales de Veracruz. En esto el criado me avisó que venían los árabes. Miré hacia donde me indicaba, y vi que llegaban a toda brida unos cuantos jinetes que parecían frailes, dando gritos; monté inmediatamente en el borriquillo y eché a correr hacia la ciudad; me alcanzaron a poco trecho, y el que hacía de jefe me dió con el asta de la lanza y me derribó al suelo. Allí me golpeó, me escupió y comenzó a desnudarme. Estaba despojándome cuando llegó un sargento con un pelotón de soldados y comenzó a sablazos con mis agresores. Después se apeó del caballo, me levantó del suelo y me preguntó quién era. Le dije que estaba alistado como jefe de escuadrón de Egipto. Me ayudó a sentarme en la misma columna de Pompeyo y me dió un poco de agua con aguardiente.

Al poco rato llegó un oficial con veinticinco caballos, y mandó atar desnudos a mis agresores.

—Yo le suplicaría a usted que no dé parte del hecho a las autoridades militares—me dijo en francés.

—Bueno, no daré.

—Con estos hombres se hará lo que usted quiera.

—Bien; deme usted el látigo.