—Venga usted conmigo al Cairo. ¡Eh, Eugenio! Viviremos como hermanos.

—No, no, cada cual su suerte.

Mendi se despidió de Rosa con grandes protestas de amor, y quedaron de acuerdo en que cuando tuviese el profesor una casa en el Cairo iría a buscar a su novia y se casaría con ella.

Desde que se marchó Mendi no me pasó cosa buena en Alejandría; reñí con el capitán Lasalle, porque averigué que había dado malos informes de mí al pachá, pintándome como un intrigante, y le insulté de mala manera; no quise tampoco visitar al coronel Frossard.

Aburrido, me quedaba en casa y leía los libros que me dejaban las hijas de Chiaramonte.

La casa del maltés tenía una azotea y encima de la azotea otra más pequeña en alto, como un minarete. Allí solía subir algunos días a contemplar el pueblo, cosa triste para mí, que no tengo nada de contemplativo. Veía este gran conjunto de tejados planos, de azoteas y de ruinas; alrededor, en un semicírculo, el mar, y en otro el desierto. A veces, en aquellos días turbios de invierno se confundían el desierto y el mar. Cuando el cielo estaba limpio los mihrabs de las mezquitas se destacaban esbeltos en el aire, y el castillo del Faro, con sus murallas, tenía un aire sombrío y amenazador.

Cuando venía el doctor Efren me solía hablar de la antigua Alejandría con sus jardines y sus cuatro mil palacios. Me explicaba cómo era la Biblioteca del Broquion fundada por Ptolomeo Soter, que tenía cuatrocientos mil volúmenes, y la del Serapeum, con trescientos mil. Y me daba otros muchos detalles de la vida fastuosa de la ciudad de Cleopatra.

VII.
EL CABO YUSUF

Un día, influido por las disertaciones eruditas del doctor Efren, tuve la mala ocurrencia de ir a ver la columna de Pompeyo, las ruinas del Serapeum y las Catacumbas. Alquilé dos borriquillos y un criado o zami: fuimos al barrio árabe y pasamos por la puerta de la Columna. La columna estaba en un arenal; había por allí grupos de casas míseras, chozas de esteras, y en el fondo se veía alguna que otra palmera.

La columna verdaderamente producía impresión, por el tamaño de aquel bloque enorme de granito de color de rosa, con un basamento cuadrado de piedra silícea, terminado en un capitel.