—Eugenio. Beti aurrera (siempre adelante).
Pasamos por la calle de los Francos haciendo cada uno alarde de su caballo, y volvimos a casa.
Al día siguiente se habló en Alejandría de la jaca árabe, montada por un oficial de marina inglesa, como de una cosa admirable.
Quince días después de esto nos llamó el coronel Frossard a Mendi y a mí. Le habían enviado pliegos para nosotros del Estado Mayor General. En uno de ellos aprobaban la propuesta de profesor de matemáticas para la Escuela Militar del Cairo, con el grado de comandante y de profesor interino de dibujo, con tres mil quinientas pesetas por el primer cargo y mil quinientas por el segundo, al señor Ignacio Basterrica, teniendo además servidumbre, alojamiento y mesa en el palacio escuela.
En el otro pliego nombraba al señor Eugenio de Aviraneta jefe de escuadrón en disponibilidad con la tercera parte del suelo hasta que hubiera una vacante.
Salimos Mendi y yo de casa del coronel.
—¿Qué le parece a usted?—me preguntó Mendi.
—¿Qué quiere usted? Es la suerte. Yo no tengo suerte.
—¿Y qué va usted a hacer?
—¡Qué he de hacer! Marcharme a Europa antes que se me acabe el dinero, y luego a América. ¿Qué voy a hacer de oficial de reserva con setecientos cincuenta francos al año?