Se lo dije a la muchacha y no pareció muy entusiasmada con la idea; pero aceptó.

VI.
LA SUERTE

Al día siguiente, el coronel Frossard me dijo que íbamos a ir a visitar al pachá de Alejandría. Fuimos con una escolta de cuatro hombres, llegamos al palacio y esperamos a que saliera el pachá, que era un antiguo mameluco seco, cetrino, mal encarado y de aspecto desagradable.

Estuvo conmigo muy displicente y muy áspero.

Al salir del palacio nos encontramos con el capitán Lasalle, que nos saludó, y me dijo que al día siguiente, por la mañana, iría a buscarme a casa con unos cuantos oficiales, a caballo, para invitarme a una cabalgata. Se lo dije a Chiaramonte y le pedí que me dejara una preciosa jaca árabe que tenía.

—Sí, ya lo creo. Le pondré la mejor silla y arneses, y yo iré también con un caballo muy bonito.

A la mañana siguiente, cuando se presentaron siete u ocho jinetes delante de casa, todos con magníficos caballos, la calle entera se conmovió, y de las ventanas y de las puertas comenzaron a aparecer cabezas.

Había gente de categoría, un caim-macam (teniente coronel), un bimbachi (comandante) y un sakolagassi o ayudante mayor. Los demás eran de menos importancia.

Salimos Chiaramonte y yo; yo con el uniforme de guardia marina inglés, y allí, delante de la casa, hice dar a la jaca una porción de cabriolas y de saltos de carnero.

Rosa y Margarita me aplaudieron desde el mirador, y Mendi me gritó: