Le hablé al doctor Efren y le expliqué lo que pasaba.

—Sí, sería mejor que se marchara Mendi y luego se casara con Rosita—dijo él.

—¿A la muchacha no se le puede decir nada, claro es, del fondo del asunto?—le pregunté.

—No, no. Imposible. Llegaría a enfermar si lo supiera. ¡Tiene una sensibilidad! Es una mujer encantadora.

Fuí a ver al coronel y le expliqué el caso de Mendi, diciéndole que era un profesor de dibujo y matemáticas, que el andar al sol, al dar sus lecciones, le enfermaba, y le hablé de si se le podría nombrar profesor para la escuela del Cairo.

—Sí, me dijo él. Precisamente hace pocos días me han escrito que un teniente coronel que está en el Cairo ha sido comisionado por el virrey para que busque un edificio grande y lo habilite para escuela militar. En la carta me decía que había pensado escribir a Francia; pero que el Gobierno egipcio había asignado para los profesores unos sueldos tan mezquinos, tres mil, tres mil quinientos francos al año, que no se decidía a escribir pensando que no se expondría nadie a hacer un viaje largo por tan corto sueldo. Así habían quedado de acuerdo en nombrar profesores entre los oficiales que estaban ya en Egipto.

—¿Así, que mi amigo Mendi podría encajar muy bien?

—Muy bien. Podría ir de profesor de matemáticas con tres mil francos y el grado de comandante. Consúltelo usted. Si quiere escribiré al Cairo en seguida.

Fuí a casa, le hablé a Mendi, y le conté lo que pasaba; le pareció muy bien.

—Dígale usted a Rosita a ver qué opina ella.