Entró el doctor en el cuarto, examinó al enfermo, y yo le dije lo que había pasado y lo que había hecho.

—Ha hecho usted bien—contestó—. No ha sido ningún disparate. Que esté unos días en la cama, que sude, que no tome más que un poco de leche, y pronto estará bueno.

Mendi había perdido su buen humor, y su situación le tenía preocupado.

—Tranquilícese usted—le dije—. He hablado al coronel de Estado Mayor de usted, como hombre que sabe matemáticas y dibujo, y me ha dicho que si usted quiere le nombrará profesor en una escuela militar que van a crear en el Cairo.

—¡Bah!

—Sí, hombre. Anímese usted; dentro de quince días le destinan a usted allá con un buen sueldo y se casa usted con Rosa.

—¿Es verdad eso, paisano?

—Es verdad.

No había tal cosa; pero como el proyecto era hacedero, decidí hablarle al coronel.

Rosa me preocupaba; decirle la verdad de las relaciones de su madre con Mendi era una brutalidad; yo no sabía qué hacer.