—No haga usted caso, aquí es costumbre.

Después de comer, por no quedarme a dormir la siesta, monté en un borriquillo, me puse los anteojos, abrí una sombrilla, y me fuí a casa. Al entrar me encontré sobre la cama un papel escrito por Mendi, en donde me decía que fuera inmediatamente a su cuarto.

El hombre estaba en la cama. Había tenido una explicación con la Cayetana, muy violenta, y había salido a la calle de prisa y sin sombrilla, y le había dado una insolación. Tenía la cara inyectada. Le tomé el pulso, y vi que lo tenía muy tenso.

—¿Sabe usted sangrar?—me dijo—. Sángreme usted.

—¿Pero no sería mejor traer un médico?

—No, tardará mucho. Ahora mismo.

Le puse una ligadura en el brazo, y con un cortaplumas le hice una sangría copiosa.

—Ahora pida usted que me traigan agua con limón, y a Rosa le dice usted que estoy indispuesto.

Lo hice así, y a la mañana siguiente Mendi estaba mejor. Me propuso que le hiciera otra sangría en el otro brazo, y le dije que no.

Por la noche del segundo día vino el médico armenio, el doctor Efren, y Rosa le indicó que debía verle a Mendi.