—Aquí está usted entre amigos, entre hermanos—e hizo la señal masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.
Yo le respondí con el de la inteligencia, y nos dimos la mano.
—Yo haré todo lo que pueda por usted—me dijo luego—; pero creo que en principio es un error de usted el querer ser oficial egipcio. Sin embargo, hablaré hoy al pachá. Si necesita usted dinero, yo se lo daré.
Me despedí del coronel un poco triste.
Me preguntaron en casa qué me habían dicho, y conté lo pasado. Rosa y Margarita me aseguraron que hacía una verdadera tontería en querer ser militar, y Mendi afirmó de nuevo que únicamente si le hicieran capitán general o bajá de tres colas y le casaran con la hija del virrey aceptaría entrar en el ejército egipcio.
Como Lasalle se había portado amablemente conmigo, saqué mi paquete de sederías, escogí dos pañuelos de seda, bordados, grandes, con colores muy chillones, y se los envié en mi nombre.
Lasalle vino el mismo día a darme las gracias y a invitarme a almorzar.
Fuí a su casa, entré en el salón, y estaba en el diván sentado cuando se echaron sobre mí las dos mulatas a saludarme, a darme las gracias. Los pañuelos les habían entusiasmado, y me lo decían en su algarabía chillona.
No se contentaron con esto, sino que me abrazaron y me besaron.
—Como ve usted—le dije a Lasalle—, yo no tengo la culpa.