—Pero, ¿cómo ha hecho usted esta tontería, Mendi?—le dije.

—¡Qué quiere usted! No siempre es fácil obrar con buen sentido. Sobre todo, lo difícil es ser previsor. Yo, cuando vine aquí, me fuí a vivir a un fonducho próximo al puerto, que tenía una vieja maltesa. Estaba allí muy mal. Sin elementos de ninguna clase. Un día apareció en la fonda la Cayetana y hablamos. Yo la tomé por una mujer entretenida y la traté así. Unos días después me ofrece ir a vivir a su casa. Yo acepté, porque peor que en el fonducho del puerto no iba a estar, y me encuentro sorprendido con esta casa de gentes honradas. ¿Ya qué iba a hacer? Al poco tiempo, aparece Rosa de vuelta de un viaje que había hecho con su hermano a Malta y a la isla de Gozzo.

Yo hubiera querido romper inmediatamente con la madre, pero ella se opuso y prometió armar un escándalo. En este caso yo no he tenido más remedio que ceder, y no sé cómo podré desembarazarme de este lío. Hablamos Mendi y yo de las soluciones que se podían dar a su asunto. Yo le dije que me parecía lo mejor que, si estaba dispuesto a casarse con la chica, se casara con ella y se fuera de Alejandría.

Siete u ocho días después de mi visita al capitán Lasalle, se presentó éste en mi casa. Dijo que había hablado de mí al pachá, y que le había preguntado si yo tenía papeles, y que no había contestado, porque no lo sabía.

—Sí, tengo papeles—le dije—; no todos, porque soy un oficial de un gobierno constitucional extinguido.

Saqué mi despacho de capitán de caballería del general Empecinado, y se lo enseñé.

—Tradúzcalo usted al francés—dijo Lasalle.

Lo traduje y, al día siguiente, se lo envié. Por la tarde vino a mi casa.

—Creo que está todo arreglado—me dijo—. El coronel ha leído su despacho y ha mandado al dragomán que lo traduzca al árabe, y me ha dicho que venga usted conmigo.

Fuimos a una hermosa casa de la calle de los Francos; entramos en ella y saludamos al coronel Frossard, que sustituía en aquel momento al general. El coronel me hizo pasar a una salita.