Charlábamos mucho. Mendi tocaba el piano, y lo hacía muy bien. Rosa y Margarita estudiaban con él la Vestal, de Spontini, y las Bodas de Fígaro, de Mozart.
Yo les contaba a las dos muchachas mi vida de guerrillero, las acciones y las conspiraciones en que había tomado parte. Me oían con una gran admiración. Yo exageraba un poco mis narraciones.
—El castellano es hombre de molto coraggio—decía Chiaramonte, en su español macarrónico.
El buen Chiaramonte estaba contento si sus hijas lo estaban también.
No le gustaba que le hablaran de volver a Italia o a Gibraltar.
V.
LOS CONFLICTOS DE MENDI
Yo ya había notado algo anormal en las relaciones de la Cayetana con Mendi. Se olfateaba el contubernio. A mí ella me parecía una mujer capaz de cualquier cosa. Estaba, además, ofendida y despechada. Varias veces le dije a Mendi:
—A mí no me la da usted. Usted tiene algo que ver con la patrona.
—¡Yo! ¡Ca, hombre! ¡Qué barbaridad!
Al fin, Mendi, un día, me confesó que estaba enredado con la Cayetana.