Rosa lo notaba y sufría, pero el cariño de su padre y de su hermana la consolaba.
Rosa era más inteligente que Margarita y, sobre todo, más romántica. Le gustaba la naturaleza, el mar.
Rosa me contó el viaje que había hecho con su hermano a Nápoles, a Malta y a la isla de Gozzo.
Había conocido a sus abuelos, los padres de su madre, que eran de esta isla, de una aldea llamada en el país Sannat, y por los italianos, Zannata.
Rosa decía que su madre descendía del caballero de Malta Diosdado de Gozon, que mató un monstruo que vivía en una caverna próxima a un pantano, en la isla de Rodas.
Según Rosa, la vida en Gozzo era patriarcal; no se conocía el lujo de la isla de Malta. Allí todos eran pescadores, y los chicos se divertían descolgándose hasta el mar, con cuerdas, desde los más altos acantilados, para cazar palomas.
Para Rosa la isla de Gozzo era admirable.
—Si muero—decía—, quisiera morir allí.
—¿Por qué ha de morir usted?—le preguntaba yo.
Ella sonreía. Era ésta su preocupación.