Guardaba en el Banco de Alejandría doscientas mil pesetas en valores, y tenía otro tanto en negocios, pero esto no le bastaba.
—¿Para qué quiere usted más?—le decían los amigos—. Aquí no va usted a poder casar sus hijas, a no ser que las quiera usted casar con turcos o con judíos.
Chiaramonte no cedía.
Su mujer, Cayetana, estaba joven; no había cumplido aún los cuarenta años. Se había casado a los quince.
Las maltesas tienen fama de mujeres de vida muy libre. La Cayetana se permitía, a veces, alguna expresión cínica delante de las hijas; pero ellas la miraban fríamente.
La Cayetana estaba incomodada porque no se había divertido en su juventud. En Malta, según ella, las mujeres la corrían bien. Ella había estado siempre con aquel tuerto avaro que le hacía trabajar como a una mula y no la dejaba respirar.
—He vivido con Chiaramonte, que no piensa mas que en ganar dinero—me decía—. Ahora me tengo que divertir.
La Cayetana hablaba con entusiasmo de los enredos del pueblo, de la querida de Fulano y del amante de la Zutana. Estos líos la encantaban.
Chiaramonte no le daba a su mujer mas que lo necesario para la vida. En cambio, daba dinero a las hijas.
La divergencia de gustos y de inclinaciones de la familia producía muchas veces riñas y choques. El padre tenía una admiración y un entusiasmo por sus hijas grande; en cambio, sentía indiferencia y desvío por su mujer. La Cayetana se veía preterida, lo que la ofendía profundamente. Estaba, además, celosa de su hija mayor, de Rosa, y a veces se ponía contra ella.