—Nada, o casi nada.

Y ellas mismas acabaron por reírse.

Noté que Rosa, que estaba siempre melancólica, se animó, como si le dieran nueva vida al venir Mendi. Este parecía rudo con ella, pero no lo era.

Después de Mendi cantó Rosa; mientras cantaba llegó un médico armenio, que se llamaba Efren Syrox, hombre muy amable, que había estudiado en Bolonia y en Montpellier. Chiaramonte me dijo que Lasalle era un muchacho aficionado al vino y a las mujeres, pero bueno.

—Ahora, que debe usted desconfiar de él, porque si nota que tiene usted dinero le pedirá prestado y no se lo devolverá.

El médico armenio y yo estuvimos hablando largo rato. Era este armenio masón, del rito escocés, y nos reconocimos. El doctor Efren era hombre joven, pequeño, de barba negra, larga, y con unos ojos muy inteligentes. Parecía un mago. Estaba casado con una judía muy bonita, y soñaba con que algún día la Armenia se separase de Turquía. En tanto trabajaba a favor de los griegos. El doctor Efren era un sabio y conocía la historia de Alejandría al dedillo.

IV.
LA FAMILIA CHIARAMONTE

Mi patrón Chiaramonte era de Siracusa. Había ido en su juventud con el ejército inglés como herrador, a Malta, donde se había casado con Cayetana Gozone, que estaba de criada en una posada. De Malta se trasladó a Gibraltar. En Gibraltar dejó el ejército y comenzó su comercio de caballos. Ganaba ya allí bastante, y, como quería que sus hijos adquirieran buena educación, puso al mayor en una escuela de náutica, y después a sus dos niñas, Rosa y Margarita, en un colegio. Más tarde, la posibilidad de hacer negocios de caballos le llevó a Alejandría. Chiaramonte y la maltesa tenían tres hijos. El mayor, Demetrio, de veintidós años, era marino, y navegaba en un transporte que hacía el recorrido del Mediterráneo.

En la familia, los tres hijos habían cambiado a consecuencia de su educación. Demetrio era un marino culto y un hombre fino, que estaba para casarse con una señorita rica inglesa; Rosa y Margarita eran dos muchachas que hubieran podido vivir en un ambiente aristocrático. La madre y el padre, Chiaramonte y la Cayetana, seguían como en los tiempos en que él era soldado y ella moza en una taberna.

Chiaramonte era hombre rudo, bueno; pero ya incapaz de cambiar. Tenía un afán de ganar de judío.