—Sí, por la mañana temprano o por la tarde. Vamos al Faro, donde corre una brisa muy fresca.

Me preguntaron qué noticias me había dado el capitán sobre mis pretensiones.

—Malas, muy malas. Voy a tener que renunciar a mi proyecto.

—¿Y qué va usted a hacer?—me preguntaron Rosa y Margarita.

—Me volveré a Europa o iré a Grecia a servir la causa de la libertad.

Entró la Cayetana y habló del capitán Lasalle. Me preguntó cómo vivía, aunque ella lo sabía tan bien como yo, y hasta sabía quiénes eran sus mujeres, y que habían venido del Cairo.

Quise bromear con Rosa, y le dije que había hecho un gran efecto en el capitán, pero ella palideció e hizo un gesto de repulsión.

A las siete vino Mendi y habló de lo que había hecho con su ingenuidad natural, y después se puso al piano.

Cantó canciones vascongadas, pero tan bien y con tanta gracia que a mí me parecieron no haberlas oído nunca. Cantó Iru Damacho, Barazaco picuac. Yo me reí a carcajadas. Las chicas me preguntaban:

—¿Qué dice la letra?