—Hace usted mal; por eso está usted tan flaco y tan descolorido. Míreme usted a mí.
Le vi beberse ocho o nueve copas, y me dijo que tenía que dormir la modorra.
—Usted puede tenderse donde quiera.
—Me voy a ir a casa—le advertí.
—¡Usted está loco!—gritó incorporándose—. Espere usted que venga el asistente y le ensillará el caballo.
—No hay necesidad. Iré a pie.
Me despedí de Lasalle, saqué unos anteojos azules que había comprado en Gibraltar por consejo de un judío, y fuí marchando despacio a casa. Verdaderamente hacía calor; el viento traía nubes de arena que quemaban.
No había apenas gente en la calle, mas que algunos árabes andrajosos, a quienes parecía no les hacía efecto el sol.
Llegué a mi casa, me mudé y fuí al saloncito donde trabajaban Rosa y Margarita. Les conté que había venido de casa del capitán a pie, y me aseguraron que yo estaba loco, que no volviera a hacer aquello, por que si no iba a pescar una insolación.
—¿Ustedes no andan nunca de día?—las pregunté.