Después de charlar largo rato, Lasalle se levantó y me dijo:

—Le voy a enseñar mi casa y mi familia; estoy hecho un musulmán: he tomado una querida y vivo con ella y con su hermana.

Me presentó a su querida, que era una mulata muy fornida, de unos veinticuatro años, alta, morena, un poco bigotuda, que tenía un hijo de un año. Su hermana, un poco más joven, era por el estilo. Me presentó Lasalle a un escribiente o secretario, que era un sargento francés al servicio del Gobierno egipcio.

La casa era muy mala, con unos cuartos con todos los tabiques torcidos y los suelos inclinados; tenía ventanas con celosías, que caían al jardín; los muebles eran primitivos, y por todas partes había divanes llenos de hierba con mosquiteros encima.

El capitán me invitó a comer con él, y acepté. Nos sentamos a la mesa las dos mujeres, Lasalle, su escribiente y yo.

Las mujeres, que hablaban sólo la jerga de los francos de Alejandría, se pusieron a hacerme preguntas, y como no las entendía no las podía contestar. No se dieron por vencidas, y me agarraban del brazo y, al último, de la cara y del pelo.

Yo le miraba a Lasalle como diciendo: Bueno, ¿yo qué hago?; pero él no se daba por aludido y bebía a grandes vasos el vino de Chipre, que era delicioso.

Se acabó el almuerzo; se fueron las mujeres a su cuarto, manoteando y hablando a gritos, y el escribiente se levantó y se fué. Lasalle mandó al criado que le trajera licores y tabaco, y se tendió en el diván y se puso a fumar y a beber.

—¿Usted no bebe?—me dijo.

—No.