LA AVENTURA DE MISSOLONGHI
(De las memorias de J. H. Thompson)[1].
Estábamos en Tarifa esperando nuestro barco cuando el día primero de diciembre de mil ochocientos veinte y tres lo vimos cerca de la punta de las Palomas. Marchamos a él; Mac Clair y yo subimos a cubierta y avisamos al capitán para que saliesen a recoger el cargamento de fusiles. Era el Fénix, un brik-barca de unas trescientas o cuatrocientas toneladas, sucio, negro y grasiento.
En aquel momento, de sus grandes palos caían sus velas, llenas de remiendos, como harapos puestos a secar. Hacía mal tiempo, llovía y la temperatura estaba baja.
El capitán Willian Clark, un albino malhumorado, y el contramaestre John Porter, un lobo de mar, de nariz fundida al rojo cereza por el alcohol, hombre que arrastraba la pierna e iba acompañado de un perro de lanas tan sarnoso como el barco, y los marineros dieron orden para que el bote, con unos remeros, se acercara a la costa y fuesen trayendo los fusiles.
El Fénix, por sus trazas y por su tripulación parecía un barco pirata. Los hombres reclutados por la Sociedad Filohelena, de Londres, no tenían un aspecto completamente distinguido.
No hubieran podido formar parte del club Watier londinense, ni figurar al lado del dandy Jorge Brummel. Iban todos muy derrotados, con trajes harapientos, y llevaban muchos gorro griego. Era en lo único que se les conocía su filohenismo.
Vi entre ellos a mi amigo Flinders, el gran literato. Este había abandonado su baúl de obras maestras, y después de arruinarse definitivamente iba a Grecia a probar fortuna.
Le saludé, hablamos y me dijo pestes de Will Tick, a quien acusaba de haberle engañado miserablemente.