No era muy cómoda la estancia en el Fénix, no había sitio, y el coronel Mac Clair y yo nos tuvimos que acomodar de mala manera en el sollado.
A las pocas horas de estar en el barco, supimos que iba con nosotros una dama inglesa de gran posición, miss Elisabeth Barnett.
Esta señora era una solterona que viajaba con una criada y un criado. Miss Elisabeth tenía el mejor camarote del barco y monopolizaba la toldilla de popa.
Esta dama, según se decía, era sobrina de lady Esther Stanhope, la reina de Tadmor, la pitonisa del Líbano, de esta mujer extraordinaria que fué hace unos años a vivir a la Siria, donde intentó fundar un reino y vivir como una emperatriz antigua, dominando a los hombres con la violencia y haciendo el papel de adivina.
Nuestra inglesa quería hacer algo parecido.
Sin duda, el caso de lord Byron y el de lady Stanhope iba trastornando el juicio a las mujeres de Inglaterra.
No sé si miss Elisabeth Barnett pretendía emular las glorias de lady Esther. Miss Elisabeth no tenía condiciones para ello; esta solterona era una cómica y una cómica mala. Algunas veces, vestida con una túnica blanca, se presentó entre nosotros y nos lanzó una alocución hablando de la Grecia inmortal, pero lo hizo de una manera tan afectada y con unos gestos tan poco naturales, que produjo la risa en lugar del entusiasmo.
La única popularidad que consiguió en el Fénix fué debida a que repartió algún dinero entre los voluntarios que iban a Grecia.
Uno de los filohelenos, Flinders, le dedicó una poesía titulada «Al hada del Fénix». Y en broma la llamábamos todos así: el hada del Fénix.