La criada de miss Barnett era una francesa guapetona, una mujer de unos treinta años, rubia, de cara ancha y juanetuda, un tanto chata, que tenía mucha gracia y mucho desparpajo.

Los filohelenos andaban tras ella a todas horas, y se produjeron entre los nuestros riñas tremendas.


Seríamos sesenta o setenta los pasajeros del Fénix, la mayoría ingleses, escoceses e irlandeses; algunos alemanes y franceses y unos cuantos italianos.

Como era natural, Mac Clair y yo nos reunimos al grupo de los ingleses. Se desarrolló en seguida una rivalidad y un odio entre los diversos grupos nacionales, incomprensible. Dentro de todos ellos reinaba la cizaña. Flinders contó en el grupo inglés que mi padre y yo éramos disecadores, y con este motivo se hicieron mil chistes y se acostumbraron a llamarme Vientre de paja. Como abusaron un tanto de la gracia, tuve que administrar unos cuantos puñetazos a un estúpido paisano mío, serio y de ojos de rana, que desde entonces cesó en el empleo abusivo de este chiste.

A Mac Clair le comenzaron a llamar el Sepulturero y a decir que daba la mala suerte al barco.

Afortunadamente, no pasó nada en la travesía, porque sino Mac Clair hubiera estado muy en peligro de ser echado al mar.

Nuestro grupo de ingleses era alborotado, pero no lo era menos el de los escoceses, irlandeses, alemanes, franceses e italianos. Los escoceses e irlandeses se emborrachaban, tocaban la gaita y bailaban, y gritaban como salvajes.

—Allá tendremos que batirnos—decían—; mientras que podamos, bebamos y divertámonos.

Los franceses e italianos, que eran en conjunto siete u ocho, jugaban a las cartas. Un gascón, que parecía hombre ilustrado, se dedicaba a insultar a todos los pasajeros.