Les llamaba viejos caimanes, carroña, montón de cerdos. Les decía que no comprendían la misión que llevaban a Grecia, que no tenían idea de la grandeza de este país, de la Hélade, y adornaba sus discursos con sus ¡Te! ¡Pardi y Sacredieu!
La verdad es que entre aquellos filohelenos, al menos de nombre, no había ninguno que tuviese una idea aproximada de Grecia, ni de su historia.
Ninguno de nosotros sabía gran cosa de la antigüedad clásica, y absolutamente nada de la historia griega moderna. Unos se habían enganchado por miseria y por desesperación, otros, por espíritu de aventura.
Cada cual se formaba una idea distinta de Grecia; unos soñaban en los tesoros, otros en las mujeres, algunos aspiraban a ser generales. Muchos tenían la preocupación constante de ser empalados por los turcos, preocupación que llegó a borrarse a fuerza de bromas. Muchas veces se discutía en el barco acerca de turcos y griegos; cosa extraña, todo el mundo tenía más simpatía por los turcos que por los griegos. Para la mayoría, los turcos eran hombres fuertes, robustos, gente valiente, con unas barbas grandes, unos pantalones anchos y unas cimitarras corvas.
De los griegos no se tenía tan buena idea. Se suponía que eran como los tipos de las estampas que corrían por Europa; unos hombres delgados, de bigotes finos, con unos trajes llenos de lentejuelas.
Acerca de lord Byron corrían extraños rumores. Para muchos era un misántropo y un anglófobo; para otros, una especie de Manfredo desesperado, altanero, que vivía fuera de la sociedad, que mandaba matar al que le disgustaba; algunos lo tenían como un Don Juan terrible, un pirata, que conquistaba mujeres y bebía el vino en una calavera; para los más cultos era principalmente un revolucionario. La verdad es que no sabíamos lo que nos esperaba. No conocíamos ni Grecia, ni el jefe que nos iba a mandar.
Lo único que yo veía cierto era que la tropa que marchaba de Europa era bastante mala, y que a no ser de que hubiera una organización casi perfecta en Missolonghi, con el elemento aquel no haríamos gran cosa de provecho.
Así fué esta expedición una de las más célebres del siglo diez y nueve, principalmente por la intención, porque por lo demás apenas hicimos nada.
A los dos días de navegar por el Mediterráneo el tiempo empezó a mejorar, y de repente comenzaron unos días espléndidos. Este mar y este cielo tan azul, al principio me producían cansancio; me parecía su belleza una belleza monótona. Los días de viento había únicamente un poco de cabrilleo en las olas.